El buen gusto. Cuestión de opinión.

Partiendo de que hay opiniones para todo y todos. El buen gusto es algo variable, no universal sino propio de cada sujeto, por lo tanto, no es algo objetivo, sino subjetivo. Todos conocemos frases como “en la variación está el gusto”, “para gustos se hicieron los colores”, “entre gustos no hay disputas”, etc.

Creo que el buen gusto es algo innato, y por supuesto, fiel reflejo de la personalidad y la forma de ser de cada uno; añadiendo, incluso, que es un conjunto de características a nivel, tanto externo  como interno de cada persona: cómo habla, cómo se mueve, cómo se viste, cómo se comporta ante los demás, su encanto o atractivo personal y su magnetismo social. Si bien es cierto que hay ocasiones en que nos encontramos con alguien que es muy cercano y conecta con los demás, y no precisamente se caracteriza con el buen gusto. Conozco muchos ejemplos.

El buen gusto, como la belleza o la elegancia, es subjetivo, aunque todos somos conscientes y podemos reconocer cuando alguien dispone de buen gusto, porque va ligado a la naturalidad, al comportamiento exquisito, al respeto y a la cortesía. Aunque esto último puede suscitar diferentes opiniones; porque se puede pensar que un individuo se pueda comportar de manera cortés o respetuosa, y a la vez no tenga buen gusto, claro está.

En general, cabría decir que para muchas personas, el buen gusto es una cualidad que va ligada a las buenas formas de conducta, a la educación, al orden, a la mesura, al equilibrio y a la armonía, aunque también, reitero, es cuestión de opiniones.

Evidentemente, en el vestir también se aprecia el buen gusto. Aunque en este aspecto, las tendencias expresivas y la moda dejan mucho que desear. No por ir más transgresores, vamos mejor. La sensibilidad estética tiene un componente personal.

Lo que se puede considerar buen o mal gusto, quizá lo dicte el mercado, las marcas, los artistas, las tendencias, las figuras de prestigio que legitiman determinadas propuestas o en ocasiones, casi las imponen.

Por supuesto, todo cuanto antecede tiene cabida perfectamente el ámbito profesional. Indudablemente dependiendo de dónde trabajes, así tendrás que vestirte, y tendrás que demostrar tu buen gusto, en cuanto a las formas que ya he manifestado anteriormente, por ejemplo a la conducta. Cuanto más prestigio tenga una persona, creo que mejor tendrá que comportarse, a la hora, por ejemplo, de mantener una reunión, saber recibir a sus clientes, incluso, las primeras palabras, estar, en definitiva, a la altura de las circunstancias. Tendríamos que cumplir con un protocolo, que comience en el vestuario y finalice al decir adiós al cliente. Por supuesto, un alto cargo considero que cumple perfectamente con todo lo que expreso.

Ejemplo claro: los empleados de un bufete, como es nuestro caso, tienen que cumplir con unas normas que en mi opinión son totalmente obligatorias, comenzando por el vestuario, como he dicho, y continuando con el trato a los compañeros, a los proveedores, a terceros ajenos que de alguna manera tengan relación con nosotros, a los clientes, con un protocolo exquisito, donde se demuestre la preparación y la capacidad, no sólo intelectual del profesional que les atiende, sino respondiendo también al buen gusto al que hago honor en este blog.

Claro que también (y otra vez vuelvo a que pueden existir diferentes opiniones), hay quien dice que el buen gusto es algo mucho más profundo y que va ligado a la valentía y la independencia de cada uno, a la capacidad de pensar las cosas y a resistirse a ser engañado a nivel social, político, literario o artístico.

Considero que el buen gusto no depende del dinero, sí de las oportunidades de desarrollarlo que se tengan, y por eso es muy importante cultivar la sensibilidad en ciertos aspectos, como podrían ser los relativos a lo agradable, al orden, a las relaciones armónicas, a la naturaleza, a los colores y a las formas, por ejemplo; todo esto se debería aprender desde pequeños.

En definitiva, buen o mal gusto, cuestión de opinión. Lo dejo, como siempre, a la elección del lector.

Carmen Roldán Galán
Ceca Magán Abogados

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