Cuando fumar era un placer

A

Don Andrés Gómez Mora

Don Rafael Martín Molero

Amigos

 

Comienza el año 2.011 con fuertes restricciones para el consumo de tabaco en España.

Los países desarrollados han ido progresivamente acotando zonas de no fumadores, en un sopesado equilibrio entre salud e impuestos.

No cabe duda acerca de los efectos perjudiciales del tabaco para sus consumidores activos y pasivos; pero no es menos cierto que para los gobiernos, a mayor consumo, más beneficios fiscales.

Al final, es claro el juego, ciertamente inestable y con periódicos sobresaltos, entre empresas tabaqueras, gobiernos, autoridades sanitarias nacionales y mundiales y ministerios de finanzas.

La actual situación de grave crisis económica y de ralentización del consumo en general, es dato añadido como ingrediente condicionante de esa dicotomía entre beneficiar la salud de los ciudadanos o rellenar las arcas públicas con una recaudación fiscal tan fácil, que se produce antes incluso que cualquier consumidor haya producido una micra de humo o ingerido una milésima de gramo de alquitrán o monóxido de carbono.

Sea como fuere, es una batalla larga; una lucha en la que resulta arriesgado predecir resultados a corto, ni largo plazo.

No en vano en el tabaco se producen peculiaridades, difíciles de hallar conjuntadas en otros productos de consumo: bajo precio, gran placer, enorme diversidad de sabores, incuestionable poder adictivo, droga mundialmente admitida e incluso potenciada socialmente, elemento indispensable para una buena conversación, amigo inseparable de una agradable sobremesa, efecto ansiolítico sobre la mente, reclamo publicitario de ingente cantidad de productos, coadyuvante erótico cinematográfico, etc.

Sin desconocer tampoco que hoy en día “tabaco” es una palabra tabú para muchas personas.

Gran parte de culpa (o de acierto), se debe al Presidente norteamericano John F. Kennedy, cuando creó una Comisión para el estudio del problema.

Se le achacó por las tabaqueras internacionales que era un acto “políticamente incorrecto”.

Pero se defendió con dos hechos, incuestionablemente contradictorios, pero de  necesaria reflexión:

1.-  El tabaco es perjudicial para la salud.
2.- El tabaco ha formado parte de la cultura de la humanidad durante más de 500 años.

Las dos afirmaciones son ciertas y no admiten discusión (en palabras de Esther Tusquets).

Ahora bien; si lo primero es palmario, no lo es menos la exageración neurótica con que hoy despreciativamente se examina a los fumadores.

Hace 20 años, a nadie prácticamente le perturbaba el tabaco. Las señoras mayores solían reir burlonamente cuando con una cortesía exagerada, casi cursi, un caballero les preguntaba si les molestaba que encendiera un cigarrillo.

Hoy, sin embargo, la presencia de un fumador pone al borde del colapso.

Se olvida que la atmósfera con humo de muchos locales públicos, privados, nocturnos básicamente, aumentaba su encanto, les dotaba de cierto morbo y les daba voluptuosidad y sensualidad.

Todos recordamos imágenes, fotografías y películas en las que viriles protagonistas o mujeres bellísimas acrecentaban su encanto utilizando el tabaco como especial reclamo.

Y es que 500 años dan para mucho en materia de costumbres y hábitos sociales. Pero aún aquí, el tabaco es único.

Se ha tenido constancia de sus efectos perjudiciales para la salud, en los últimos 50 años. Pero en los 450 precedentes, el tabaco pasó de ser descubierto a ser importado, popularizado, prohibido, glorificado y envilecido.

A diferencia, por ejemplo, de las distintas bebidas que han ido acompañando sucesivamente a la cultura occidental a lo largo de estos 500 años (café, té, licores, cerveza, vino y Coca Cola, tal como narra Tom Standage, en su obra “La historia del mundo en seis tragos”), el consumo del tabaco ha estado siempre presente a lo largo de las edades Moderna y Contemporánea.

Aunque la historia que nos interesa conocer, relacionada con el tabaco, parte de 1.492; se vincula al descubrimiento de América; ofrece una singularidad a quienes somos toledanos; evidencia una realidad anecdótica tan vieja como la vida misma, y, por último, se enraiza fuertemente en el mundo del arte; de la pintura más en concreto.

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La historia arranca con Rodrigo de Jerez y Luis de Torres. Ambos ostentan el honor de ser los primeros europeos que fumaron. Explorando la isla de Cuba, a finales del año 1.492, se encontraron a una tribu de indios taínos fumando una mezcla de hojas picadas que introducían en un canutillo rígido al que llamaban “tabaco”.

Rodrigo de Jerez, a su vuelta a España importó la costumbre, siendo así, a la vez el primer comprador, vendedor y exportador de “Tabaco”. Pasarían 500 años para que sorprendentemente esos “canutillos” degeneraran en los coloquialmente denominados “canutos” de cannabis y otros opiáceos (curiosidades del lenguaje, sin duda).

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Mal negocio, de todos modos, hizo Rodrigo de Jerez, porque, acusado en Toledo de brujería, fue condenado por el Tribunal de la Santa Inquisición, a la pena de 1 año de cárcel. Su acusación y sentencia fueron las siguientes: brujo y hechizado; “pues sólo el diablo puede dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca”.

Resulta curioso, pero en los anales del proceso, el acusador público solicitó pena de muerte por ahorcamiento.

Afortunadamente el Tribunal no la concedió. Pero de haber sido ejecutado, quién sabe si la costumbre de fumar no hubiese sido cortada de raíz en todo el mundo.

Aunque existe convencimiento generalizado de que la enorme pujanza del tabaco en los indios mayas, aztecas y caribes; mascado, en infusión, inhalado en polvo e incluso como enema líquido mezclado con raíz de ratania, antes o después hubiera forzado su salida de América y su llegada a España; primer país de destino.

Existen infinidad de dibujos y bajorrelieves mayas, además de las pinturas del “Códice Murúa”, que representan personajes, habitualmente de jerarquía elevada, fumando. Con diferencia unos indios respecto de otros; pues los de América del Norte fumaban en pipa; no así los descubiertos por Cristóbal Colón, cuyas etnias sólo fumaban tabaco en canutos.

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Ya por entonces comenzó a denostarse el tabaco y a los fumadores. Son reveladoras las palabras de Bartolomé de las Casas, glosadas por Gonzalo Fernández de Oviedo:”Entre otras costumbres reprobables los indios tienen una que es especialmente nociva y que consiste en la absorción de una cierta clase de humo a lo que llaman “tabaco” para producir un estado de estupor”.

Muchos se han preguntado al analizar esta descripción, por qué hoy los fumadores de tabaco no entran en estupor. Personalmente considero acertada la explicación de Francis Robicsek, cirujano cardiovascular y especialista en la cultura maya: “Los nativos fumaban hojas de una variedad mucho más rica en nicotina que la Nicotiana tabacum que es la que se comercializa dese hace años”. Así lo describe en su obra The Smoking Gods. Tobacco in Maya Art, History and Religion.

Aunque tampoco resulta despreciable la opinión del propio Rodrigo de Jerez, que en su defensa penal adujo haber recortado “a un pie” el “canuto” o “tabaco” importado. Pues “los indios fuman canutos de media vara” (unos 50 centímetros).

Una tercera explicación, vendría dada porque el “tabaco” formase parte de toda una liturgia que nada tuviera que ver con razones farmacológicas: cantos, danzas, músicas, hechizos, sahumerios y excentricidades erótico-sensuales, que en su conjunto condujeran al fumador a un estado de trance.

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Resulta igualmente predicable del tabaco, algo común con otras sustancias psicotrópicas.

Se prohíben y ello conduce a un mayor consumo, por mor de infringir la ley como mecanismo neuronal e instintivo de defensa frente a lo que se considera una inaceptable intromisión normativa en los derechos íntimos de la persona.

Aquí, además, el tabaco contó, nos dice Gonzalo Fernández de Oviedo, con un poder mágico. Curaba la sífilis. Decía así en una de sus crónicas: “Sé que algunos cristianos lo usan, en especial los que están tocados por el mal de las bubas, porque dicen los tales que aquel tiempo que están así transportados no sienten los dolores de su enfermedad”.

Resulta gráfico. Por supuesto que el tabaco jamás curó la sífilis, pero el denominado “trance de transportación” aliviaba el recuerdo del mal. Máxime si el tabaco se mezclaba (en aquella época) con hierbas alucinógenas que los indios no enseñaron jamás a los españoles.

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Tras la etapa final de Rodrigo de Jerez, destacó, ya en el reinado de Felipe II, como principal importador (con cédula real) Francisco Hernández de Boncalo, quien traería enorme cantidad de sacos con semilla de tabaco.

Importante resulta este personaje por dos razones:

1.- Se le hizo justicia, dando su apellido Boncalo a una marca de cigarrillos españoles, que dio la vuelta al mundo hace  décadas.
2.- Toledano de pro (se hospedó en la Venta – Posada de la Sangre, durante años), sembró las primeras semillas de tabaco, en la zona de los Cigarrales de Toledo. Allí surgieron precisamente las primeras plantaciones de tabaco del mundo civilizado.

Germinadas las semillas plantadas en los cigarrales, lógico fue que nuestro ilustre paisano denominase “cigarro” al producto resultante de aquellas siembras. Ostentando así Toledo, sus Cigarrales y Boncalo, el compartido honor de haber rebautizado el tabaco.

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Vinieron después las plantaciones de ultramar, que harían ricos a  mercaderes portugueses y españoles, por más que la Corona gravara su importación con pesados aranceles.

Ingleses, franceses y holandeses se dedicaron al contrabando y distribuyeron el tabaco en sus propios países. Los portugueses lo introdujeron en Japón, de donde pasó a China, Filipinas y al África subsahariana a través de los comerciantes de esclavos.

Se extendió así el tabaco por todo el mundo, hasta convertirse en el producto perecedero más creciente en estos últimos 500 años y que más riqueza fácil de administrar proporcionaba a los gobiernos.

La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla da ejemplo en su majestuosidad arquitectónica, del negocio que el tabaco suponía ya a comienzos del siglo XVIII. Primero, por iniciativa privada. Luego, expropiada por La Corona en el reinado de Carlos IV, sería considerada “la mayor construcción industrial del mundo”.

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Quedaría, por último, en esta dedicatoria, esbozar unas pinceladas costumbristas sobre el tabaco y la introducción del mismo en el mundo del arte.

Pues mientras los Papas ratificaban de continuo excomuniones a los sacerdotes que fumaban diciendo misa (hasta León XIII y su Encíclica “Rerum Novarum”), las cigarreras sevillanas dieron la vuelta al mundo, en pinturas, grabados y daguerrotipos.

La célebre “Carmen” de Prosper Mérimée y también de Georges Bizet fue hija de estas fantasías.

Por su parte el barón de Davillier, erudito hispanista, en su libro “Viaje por España”, acompañado de Edouard Manet, describiría el ambiente de la Real Fábrica, con estos versos: “llevan las cigarreras/en el rodete/un cigarrito habano/para su Pepe”.

Tampoco el estampador francés Gustave Doré se privó de grabar enorme cantidad de planchas con escenas de trabajo de las cigarreras sevillanas.

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Durante el siglo XVIII tuvieron lugar dos hechos trascendentales en la historia del tabaco: la pugna entre el tabaco fumado y el inhalado (rapé) y la aparición de los cigarrillos.

El rapé, tabaco en polvo, perfumado, que se inhalaba por vía nasal, se convirtió en una moda en los círculos aristocráticos europeos. Los franceses y los suecos lo preferían al cigarro y lo portaban en exquisitas tabaqueras artísticamente decoradas.

Igualmente, y es hecho interesante de contar, lo usaban como pretexto para ausentarse de las fiestas familiares y encontrarse con sus amantes. De ahí la expresión (nuevo juego de la gramática), “echar un polvo”, como sinónimo de inhalar rapé y de coito rápido y clandestino.

En el otro extremo de la escala social estaban los pobres; que recolectaban las colillas, las picaban y las envolvían en papel u hoja de maíz, hasta la fabricación en serie de los libritos de papel de fumar.

En el siglo XIX, James Duke introdujo en el tabaco dos elementos de corte ya irreversible: la mecanización y la publicidad.

Juntos, produjeron la eclosión del tabaco, que consiguió además adentrarse en el mundo de las bellas artes. Sobre todo en la pintura.  Francisco de Goya, tan prematuro y genio en todo, fue el antecesor de este movimiento pictórico, al dibujar un fumador sentado, en su conocida obra “La Cometa”. Un majo sentado se fuma un cigarro con su mano izquierda. Hablamos de 1.778.

Tras Goya, son ingente la cantidad de grandes maestros que han dibujado personas fumando:

Fedor Bogorodsky, Gustave Coubert, Joos van Craesbeeck, Otto Dix, Ernst Ludwig Kirchner, Elfriede Lohse – Wächtler, Max Beckmann, Max Pechstein, Eduard Munch, Claude Monet, Anders Zorn, Vincent van Gogh, Salvador Dalí, Frida Kahlo, Norman Rockwell, Leroy Neiman, Willi Neubert, James Jacques Tissot, Edouard Manet, Joaquín Sorolla, Renato Guttuso, Mijail Nésterov, Francis Bacon, Jan Steen, Paul Gauguin, Ramón Casas, Edward Hopper, Pablo Picasso, Fernando Botero y otros muchos. Destacando, sin duda, como genio, en este ámbito Paul Cézanne. Su “The Pipe Smoker”, año 1.890, oleo sobre lienzo perteneciente al State Hermitage Museum – Saint Petersburg, es, sin duda, la obra maestra por excelencia de todos los referenciados.

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Espero y deseo que superada la crisis económica, algún Museo organice lo todavía nunca emparejado: una exposición antológica sobre el tabaco y la introducción del mismo en las bellas artes y en las diversas culturas.

 

 

Madrid, 26 de diciembre de 2.010
Día de San Esteban Protomártir

Esteban Ceca Magán